En 2006, ejidatarios del Ejido Luis Echeverría firmaron contratos para proteger 56 mil ha de tierra que rodean la Laguna San Ignacio y proteger este santuario de la ballena gris, que hoy es parte integral de su economía e identidad
En la Laguna San Ignacio, Baja California Sur, la conservación no es solo un objetivo ambiental, es la base sobre la que una comunidad entera ha construido su forma de vida.
Desde Pronatura Noroeste hemos acompañado este proceso, que demuestra que el desarrollo sostenible es posible cuando nace desde la comunidad y responde a una visión compartida. Aquí, cuidar la tierra es también cuidar el mar, del cual depende la ballena gris, uno de los pilares ecológicos y económicos de la región.
Una decisión comunitaria que cambió el destino del territorio
Hace 20 años, el Ejido Luis Echeverría Álvarez tomó una decisión que implicaba incertidumbre: firmar acuerdos de conservación que limitaban el uso de sus tierras. Así nació la Servidumbre Ecológica del Ejido Luis Echeverría Álvarez, recordó Daniela López Acosta, directora de Operación de Pronatura Noroeste.
“Cuando haces este recuento de los años, lo que resalta es la valentía de la comunidad de atreverse a firmar un contrato que para muchos significaba pensar que iban a perder sus tierras”, dijo.
Lejos de significar una pérdida, esa decisión permitió ordenar el territorio y proteger más de 56 mil hectáreas clave para los ecosistemas que sostienen la vida en la laguna.
“Esta comunidad tuvo una visión. Entendieron que no era perder sus tierras, sino organizar su uso”, explicó.
La conservación como sustento y forma de vida
Hoy, los resultados son visibles. La comunidad no solo protege este ecosistema, sino que vive de la conservación. El avistamiento de ballena gris es una de las principales actividades económicas y está completamente en manos de las y los habitantes.
“La comunidad logró ver un beneficio económico de la conservación. Eso es muy difícil de demostrar, y aquí sucede”, destacó.
Son ellos quienes operan los campos ecoturísticos, quienes reciben a los visitantes y quienes han establecido las reglas para garantizar el respeto a la especie.
“Respetan muchísimo el avistamiento de ballena gris. Si la ballena está incómoda, aunque el turista quiera acercarse, no lo hacen. Nunca van a anteponer la experiencia del visitante sobre el bienestar y la comodidad de la ballena”, dijo.
Esa lógica ha fortalecido una relación profunda entre la comunidad y la ballena. La reconocen no sólo como parte de su entorno, sino como el sustento de sus familias. Cada temporada, entre noviembre y abril, toda la comunidad se involucra: desde quienes guían las embarcaciones hasta quienes sostienen la operación de los campamentos.
Sin embargo, el modelo de sustento va más allá del turismo. A lo largo de los años, el ejido ha diversificado sus fuentes de ingreso vinculadas a la conservación, a través de subsidios gubernamentales por compensación ambiental, pagos por servicios ambientales y labores de vigilancia, así como el acompañamiento de organizaciones que han impulsado proyectos de restauración de manglar, planeación estratégica y fortalecimiento comunitario.
Esto refleja que la ballena gris, aunque central en la actividad turística, es solo uno de los múltiples elementos de conservación que sostienen la vida y economía del territorio.
Este modelo también ha consolidado su autonomía. Frente a proyectos externos que prometen empleo, la comunidad ha optado por defender su territorio y su paisaje.
“No quieren ser empleados de nadie. Están acostumbrados a ser dueños de sus propios negocios”, subrayó.
El aniversario de la Servidumbre Ecológica del Ejido Luis Echeverría Álvarez permite dimensionar que lo que se construyó fue un instrumento legal sólido que ha logrado equilibrar la conservación con el bienestar comunitario.
El reto ahora es asegurar que las nuevas generaciones comprendan el valor de este modelo y lo adapten a sus propias aspiraciones. Escuchar a las y los jóvenes será clave para mantener viva esta visión, aseguró nuestra directora de Operación.
En Pronatura Noroeste creemos que la conservación más efectiva es la que se construye desde las comunidades. La historia de Laguna San Ignacio confirma que cuando la naturaleza se protege, también se generan oportunidades, identidad y futuro.